[Columna de Opinión] El rey de los aranceles en el siglo XXI
Donald Trump ha convertido el término "arancel" en el estandarte de su política económica.
Edwin López Rivera
Profesor Maestría en Historia Económica, Universidad Externado de Colombia
No en vano lo proclamó como «la palabra más hermosa del diccionario» durante su campaña, resumiendo así su conocido credo proteccionista. Más que una simple postura ideológica, se trata de una herramienta transaccional destinada a renegociar acuerdos comerciales con los países afectados por las medidas impositivas anunciadas el pasado 9 de abril. Posteriormente, la administración ha decretado suspensiones temporales, excepciones para ciertos productos y modificaciones ad hoc, incrementando la incertidumbre sobre las reglas del comercio internacional.
Si bien el objetivo final de estas medidas no resulta del todo claro, el gobierno ha insistido en que buscan revitalizar la manufactura estadounidense. Esta estrategia no es novedosa: encuentra sus raíces en la tradición económica histórica de Estados Unidos y refleja tensiones que resurgen en el contexto actual, aunque con matices distintos. Comprender estos antecedentes resulta fundamental para evaluar no solo su impacto global, sino también sus implicaciones para América Latina y, en particular, para Colombia.
Desde los inicios de la república, figuras como Alexander Hamilton defendieron los aranceles como herramienta para fortalecer industrias nacientes. Su Informe sobre Manufacturas de 1791 sentó las bases de un modelo proteccionista que dominó gran parte del siglo XIX. Medidas como la Tarifa Morrill (1861), que financió la Guerra Civil, el Arancel McKinley (1890) o la Ley Smoot-Hawley (1930), que exacerbó la Gran Depresión demostraron que, aunque el proteccionismo puede beneficiar sectores específicos, sus costos macroeconómicos suelen superar sus ventajas. Smoot-Hawley es un caso emblemático: al elevar aranceles sobre 20,000 productos desató represalias globales, contrajo el comercio y agravó la crisis. Hoy, pese a un contexto distinto, persiste el riesgo de que una escalada arancelaria afecte el comercio mundial y castigue finalmente a los consumidores.
Durante su primer mandato, Trump impuso aranceles de hasta el 25% a productos chinos, alegando prácticas desleales. Aunque el déficit bilateral se redujo levemente (pasó de 420,000 millones en 2018 a 345,000 millones en 2020), los costos fueron altos: inflación en bienes importados, disrupciones en cadenas de suministro y represalias que golpearon al agro estadounidense. Ahora, al inicio de su segundo mandato amplía esta estrategia: ha impuesto nuevos gravámenes a 185 países, con China como principal objetivo. Los aranceles inicialmente anunciados del 34% han escalado progresivamente hasta el 145% ante la resistencia china a ceder en las negociaciones.
El paralelo histórico resulta innegable, aunque las diferencias son sustanciales. Mientras en el siglo XIX Estados Unidos utilizaba el proteccionismo como motor para su industrialización emergente, hoy se trata de una potencia consolidada que intenta contener su decadencia manufacturera. China, por su parte, dista mucho de ser el equivalente contemporáneo de la Europa decimonónica: su dominio en sectores estratégicos como vehículos eléctricos, construcción naval (tanto comercial como militar), infraestructura de vanguardia y sus recientes avances en inteligencia artificial y telecomunicaciones contrarrestan significativamente la efectividad de las medidas proteccionistas de Trump. Estas realidades estructurales, sumadas a los cálculos del Peterson Institute for International Economics -que estima que los aranceles actuales podrían representar un costo adicional de hasta $2,500 anuales para los hogares estadounidenses-, revelan que el mayor impacto recaerá precisamente sobre los segmentos más vulnerables de la población.
Pero el impacto no se limita a esa economía: América Latina también sentiría las repercusiones. México, por ejemplo, enfrenta aranceles del 25% en productos clave como el aguacate, donde compite con Colombia. Aunque este último país podría obtener alguna ventaja competitiva por su menor tarifa del 10% -particularmente en café, donde Vietnam sufre mayores gravámenes-, el beneficio real es relativo: ambos países atienden segmentos distintos del mercado cafetero estadounidense.
Un riesgo grande para Colombia está en su alta dependencia de exportaciones de petróleo y carbón, que representan el 70% de sus ventas a EE. UU. En 2023, las cuales sumaron 14.500 millones de dólares, con un superávit comercial de 3.800 millones. Una desaceleración global, causada por una guerra comercial prolongada, podría hundir los precios de estas materias primas y afectar seriamente las finanzas públicas. Además, un deterioro en la confianza política y económica con Estados Unidos —relación históricamente estable desde la primera década del siglo XX—, como consecuencia de la creciente incertidumbre en las reglas de juego comerciales, podría generar efectos tan perjudiciales como los propios aranceles.
La historia económica revela el doble filo del proteccionismo: si los aranceles de Hamilton pudieron sentar las bases industriales de EE.UU., los de Smoot-Hawley en 1930 profundizaron la Gran Depresión. Hoy Trump rescata como modelo a William McKinley —el presidente que convirtió los aranceles en política de Estado a fines del siglo XIX—, coronándolo como «rey de los aranceles». Pero este regreso al proteccionismo choca con realidades distintas: una China tecnológicamente dominante y cadenas globales de valor irreversibles. Para economías como la colombiana, la lección es clara: más que aferrarse a oportunidades coyunturales, deben diversificar mercados y reducir su dependencia de los commodities. El pasado no se repite, pero ofrece lecciones valiosas para enfrentar la incertidumbre del presente.