Entre el pragmatismo y la tensión: el nuevo tablero de las relaciones Colombia–Estados Unidos
Nuestra Casa de Estudios fue escenario de una rigurosa jornada de análisis en la que la academia, el sector privado y expertas(os) se dieron cita para desentrañar las dinámicas presentes y futuras entre ambos países.
Con el título Relaciones Colombia–Estados Unidos: ¿una nueva etapa?, el evento organizado por la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales (FIGRI) abordó los ejes medulares de la agenda bilateral: seguridad, comercio, migración y sostenibilidad ambiental.
La apertura estuvo a cargo de la academia, que enfatizó el papel crucial de los centros de pensamiento en momentos de viraje geopolítico. “Hoy más que nunca las preguntas que trata este foro tienen acciones referentes a una política exterior que en este momento está cambiando y nosotros como academia debemos pensar cómo ha cambiado”, planteó Paola Montilla, Directora de la Escuela de Gobierno y Políticas Públicas y Docente Investigadora de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales del Externado.
“Desde nuestro PAF, desde nuestro proyecto académico de facultad, siempre hemos considerado que las relaciones internacionales y formar estudiantes con una visión crítica capaces de discernir, de escuchar distintas perspectivas es un hecho fundamental”, agregó la directiva.
Posteriormente, la mirada del sector empresarial ocupó el centro del debate con la intervención de María Claudia Lacouture, presidenta de Amcham Colombia y egresada externadista de FIGRI, quien agradeció la convocatoria del docente Emilio Archila para actualizar el documento de trabajo sobre la relación bilateral. Lacouture recalcó que este vínculo va mucho más allá de la coyuntura política y que su verdadero sustento radica en la economía real de los ciudadanos.
“Son más de 5 millones de empleos los que están detrás de la relación entre Colombia y Estados Unidos que generan ingreso y bienestar para los colombianos”, aseguró la presidenta de Amcham Colombia. La dirigente gremial ilustró su punto mediante el caso del cacao colombiano en el Pacífico y las barreras estructurales que frenan el desarrollo productivo en las regiones.
En ese sentido, Lacouture fue enfática en señalar que el desorden institucional y la falta de infraestructura castigan la competitividad del país. “La seguridad es ese impuesto silencioso que se le cobra al proceso productivo”, aseveró la vocera, al tiempo que advirtió que “el mayor riesgo que hemos encontrado hasta para atraer esa inversión es interno, es dentro de Colombia, entre enfrentar un mundo que avanza rápidamente frente a un Estado colombiano lento”.
La jornada continuó con un conversatorio guiado por el profesor Emilio Archila, quien sirvió de moderador e introdujo el bloque temático sobre seguridad pública y defensa. Archila contextualizó la urgencia del debate aludiendo a los recientes anuncios gubernamentales y a las discusiones en torno a las reformas de seguridad radicadas en el Congreso, catalogando el tema como el punto de partida inevitable del foro.
Al tomar la palabra, Alejandro Bohórquez, docente investigador de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales, expuso que el narcotráfico continúa siendo el eje dominante de la mirada de Washington hacia Bogotá. “Nuestra principal preocupación de Estados Unidos frente a Colombia es el tema del narcotráfico, el tema de la cocaína”, manifestó Bohórquez, señalando que los reportes internacionales sitúan a Colombia como origen del 70 % de la producción global.
Bohórquez explicó también la dimensión geopolítica de Colombia como un “pivote” estratégico continental y advirtió sobre la creciente presión en el tablero internacional. “La presencia de China pone muy nervioso a Estados Unidos”, analizó el docente, recordando que la disputa de las grandes potencias por el control de zonas clave y rutas estratégicas condiciona el margen de maniobra de países medianos en el Caribe y el hemisferio.
El siguiente panel estuvo volcado a la dinámica migratoria, calificada por el académico Lucas Sebastián Gómez como uno de los pilares de mayor complejidad e impacto mutuo. Gómez abordó el panorama trazado por la administración de Donald Trump y las fricciones operativas recientes entre Bogotá y Washington en materia de deportaciones e intermediación en la frontera sur.
Gómez cuestionó el clima actual de la diplomacia bilateral y sugirió la necesidad de una estrategia de fondo más allá de las posturas ideológicas. “Estamos ahorita en una euforia frente al tono en la relación bilateral Colombia–Estados Unidos, que yo lo veo a veces como un espejismo”, advirtió el analista, concluyendo que Colombia aún no ha logrado consolidar un diálogo técnico y duradero que capitalice su peso geográfico en el flujo migratorio regional.
Para sustentar la magnitud del fenómeno migratorio en la agenda bilateral, el profesor Gómez expuso datos reveladores como el desplome drástico de los cruces por la selva del Darién, que pasaron de 520.085 en 2023 a tan solo 3.091 en 2025, un cambio impulsado por el endurecimiento del control fronterizo y la existencia de más de 35 acuerdos de deportación con terceros países en los que Colombia no figura.
A esto se suma que Colombia alberga a cerca de 3 millones de venezolanos (de los aproximadamente 8 millones que están en el exterior), mientras que en Estados Unidos residen cerca de 855.000 nacidos en Colombia y más de 1,6 millones de personas de ascendencia colombiana. Finalmente, Gómez advirtió sobre la finalización en 2025 de los 2.300 millones de dólares anuales de ayuda estadounidense con componente migratorio, un panorama cuyo resultado proyecta un desplazamiento de la presión.
Al término de la jornada, las reflexiones compartidas en el auditorio D-604 dejaron en evidencia que la relación entre Colombia y Estados Unidos se encuentra en una encrucijada decisiva. Entre los desafíos de seguridad territorial, la urgencia de atraer inversión privada sostenida y la imperiosa necesidad de gestionar los flujos migratorios sin perder la estabilidad financiera, el evento concluyó con un llamado unánime: trascender la retórica política e ideológica para consolidar un diálogo técnico, articular la academia con las instituciones y fortalecer la capacidad de ejecución interna que demanda el futuro bilateral.