
Pieza del mes
Mayo de 2025
Hoja de vida del profesorado – Fernando Hinestrosa (1968)
Emilssen González de Cancino, Decana Facultad de Derecho
El Museo y archivo histórico de la Universidad Externado de Colombia –Lux non occidat– rinde homenaje a los y las docentes en el mes dedicado al reconocimiento de su contribución a la “educación para la libertad, de cara al futuro”, destacando como pieza del mes la hoja de vida del profesor Fernando Hinestrosa, que está en su antiguo despacho en el Museo, y quien fue Rector del Externado entre 1963 y 2012.
Se trata del formato utilizado por esa época, con el membrete del Externado, para registrar la información sobre los profesores. En el documento se mecanografió lo solicitado y se agregaron datos de puño y letra del autor, sobre folios de papel con líneas que señalan los renglones. Casi la totalidad de los datos se refieren al ámbito académico; los restantes están vinculados al servicio público; en realidad esas fueron, junto al ejercicio del Derecho en su oficina particular, las tres pasiones que impulsaron y llenaron de sentido su vida profesional. No se da cuenta de alguna especialización; en este punto vale la pena anotar que el formato separaba este tipo de estudios de los de “post-graduado” por los que se indagaba en el acápite siguiente; no estoy segura de la razón que, bien podría ser la admisión de estudiantes que todavía no hubieran obtenido el título profesional de Doctor en Derecho, que antecedió al actual título de Abogado.
Para la época, en Colombia no era corriente que los profesores obtuvieran títulos posteriores; dentro del país, porque prácticamente no existían los programas correspondientes y, en el exterior, porque la academia no había incorporado su exigencia, y las familias no tenían como propósito enviar sus hijos fuera de Colombia para estudiar Derecho, una disciplina que se veía ligada fuertemente al ordenamiento nacional. En el caso de Hinestrosa, no fue tal estrechez de mira la que le impidió obtener un doctorado en Alemania, Francia o Italia; tampoco las limitaciones del idioma porque conocía bien las lenguas correspondientes, como pude observar personalmente en eventos internacionales en nuestra Universidad, y en su labor de traductor de grandes autores como Francesco De Martino o Bernhard Windscheid. Seguramente debemos buscar la explicación en dos vertientes; su temprana vinculación a la Universidad y al ejercicio del Derecho para colaborar efectivamente con las actividades de su padre, el maestro Hinestrosa Daza y, en su disciplina como autodidacta.
En el espacio dedicado al registro de los cargos no docentes, la información mecanografiada da cuenta de aquellos de carácter administrativo que desempeñó en el Externado, de su pertenencia a la Corte electoral y de la magistratura de la Corte Suprema de Justicia en 1967; a mano añadió los correspondientes a los ministerios de Justicia (1968) y Educación. Con base en esto podemos deducir que llenó el formato de su hoja de vida en 1967 cuando aún no había cumplido los 40 años.
Lo anterior explica que solo estén anotadas, como Distinciones alcanzadas tres de las muchas que se le otorgaron a lo largo de su vida en Colombia y otros países de América Latina y Europa, por ejemplo, el doctorado honoris causa por la Universidad Panthéon-Assas.
Tener ante los ojos la hoja de vida de una persona con la cual se compartieron múltiples conversaciones y actividades saca a flor de piel recuerdos y emociones acendradas por el paso del tiempo. Los recuerdos más lejanos me transportan al tercer año de Derecho cuando él nos dictaba el curso de Obligaciones, del que también formaban parte temas que ahora pertenecen a las asignaturas de Responsabilidad civil y Teoría del negocio jurídico. Era indispensable prestar mucha atención en clase pues la abstracción de los conceptos se nos complicaba un poco más debido a la exactitud del lenguaje técnico utilizado por el profesor y la cita de autores extranjeros desconocidos para los jóvenes; tanto así que solo después de unos cuantos meses descubrimos que una tal Betty, no era una mujer, sino que se trataba del gran civilista Emilio Betti.
Como es lógico, ambos fuimos cargando años sobre nuestros hombros y los recuerdos se multiplican: la pesadumbre inmensa por los amigos perdidos y la ofensa a la justicia que significó el sacrificio de nuestros profesores, magistrados de la Corte Suprema de Justicia, en el terrible episodio histórico del llamado holocausto del 6 y 7 de noviembre de 1985, cuando nos aprestábamos a celebrar el centenario de la fundación del Externado; el gozo que nos proporcionaron los encuentros nacionales de antiguos alumnos promovidos por su Asociación, o la bienvenida a cada nueva cohorte de jóvenes en las distintas facultades.
Para mí, por supuesto, su enfermedad y su muerte siguen constituyendo motivos de profunda nostalgia; sin embargo, suele reconfortar que, como dijo el poeta, el adiós es a la vez “eco de lo que acaba y grito de lo que empieza”.
