
Pieza del mes
Julio de 2026
BOLÍVAR, DICTADOR DE COLOMBIA
Por: Felipe Arias Escobar
Historiador y autor del libro ¿Otra historia de Colombia?
Así reza un grabado realizado por Johann Christian Benjamin Gottschick (1776-1844), grabador alemán especializado en retratos, que circuló entre la naciente opinión pública durante los días en que agonizaba el proyecto de la Gran Colombia. La pieza hace parte de las numerosas representaciones de Simón Bolívar que circularon durante las primeras décadas republicanas y contribuyeron a la construcción visual de la figura del Libertador en Europa y América. El original de la obra se conserva en el Museo Nacional de Colombia, mientras que la pieza exhibida en Lux non occidat, corresponde a un facsimilar que permite acercar al público a una de las representaciones más sugestivas de Bolívar durante los años finales de la Gran Colombia.
A primera vista, podría parecerle al espectador contemporáneo un panfleto elaborado por los enemigos de Bolívar o una valiente denuncia de sus opositores. Una interpretación comprensible, dada la distancia que otorgan dos siglos de elogios y cuestionamientos en torno a la figura y al proyecto bolivariano.
Pero no es ninguna de esas dos cosas. Se trata de una imagen encargada y difundida entre sus propios simpatizantes, que se suma al amplio repertorio de retratos del Libertador que circularon en Europa y América incluso antes de su muerte. En ella se le describe, sin intención peyorativa alguna, como “Dictador de Colombia”, del mismo modo en que años antes el Congreso peruano lo había nombrado “Dictador del Perú” para asumir la dirección de la guerra.
En estos tiempos de retornos simbólicos a la figura de Bolívar, vale la pena detenerse en la ambigüedad de una pieza como esta. Ya asistimos al paseo público y a la utilización simbólica de una espada que ni siquiera sabemos con certeza si le perteneció, con el correspondiente viacrucis para el museo encargado de custodiarla. También hemos visto el uso descontextualizado de una bandera empleada por Bolívar en un momento breve y temprano de la Guerra de Independencia, convertida hoy en supuesto símbolo de reivindicaciones sociales del siglo XXI.
Al fin y al cabo, llevamos dos siglos de interpretaciones divergentes, no solo sobre Bolívar, sino también sobre Santander, a quienes la igualmente ambigua política de los últimos cien años ha convertido en figuras contrapuestas dentro de una narrativa simplificada de la nación colombiana.
Y en medio de toda esa carga política y cultural aparece este Bolívar llamado dictador por sus propios partidarios. La referencia alude a los poderes extraordinarios que asumió tras su regreso a Bogotá y a una realidad evidente: Bolívar era, ante todo, un hombre de guerra cuyo liderazgo político se había forjado en los campos de batalla.
La Gran Colombia atravesaba entonces una profunda crisis. Era un proyecto frágil que dejaba insatisfechos a diversos sectores económicos y políticos de sus cuatro secciones por razones muy distintas. Se cruzaba allí el debate sobre la consolidación de instituciones liberales con la existencia de un régimen encabezado por un hombre fuerte respaldado por una élite militar. También chocaban las aspiraciones de integrarse a la economía global con la devastación material heredada de la guerra. Mientras tanto, sectores estratégicos de las economías regionales descubrían que sus intereses parecían haber sido mejor atendidos antes de la Independencia.
Era, además, el momento en que resurgía la vieja discusión sobre los límites del poder de las provincias frente a la máxima centralización de una república que aspiraba a ser extensa y poderosa. Esa contradicción terminaría resolviéndose en 1830 con la separación de Venezuela y la consolidación definitiva del Estado ecuatoriano a partir de las provincias del sur.
Pero antes de llegar a ese desenlace, la crisis intentó solucionarse mediante la Convención de Ocaña, convocada para reformar la Constitución de 1821. Al verse en minoría, el sector bolivariano decidió disolverla. Fue entonces cuando el presidente de la Gran Colombia decretó un estado de excepción y asumió poderes extraordinarios.
Nos encontramos en una época de revoluciones a ambos lados del Atlántico, profundamente fascinada por la Antigüedad clásica, sus instituciones, sus héroes y sus textos. Los jóvenes oficiales estudiaban tácticas inspiradas en Roma; los discursos de sus generales evocaban a Homero y Virgilio; los líderes comparaban sus campañas con las de Alejandro Magno, y las nuevas repúblicas adornaban sus escudos con laureles, gorros frigios y fasces. Sus cuerpos colegiados recibían el nombre de “senados” y sus sedes proyectadas eran “capitolios”.
En ese contexto, cuando uno de sus líderes asumía plenos poderes en una situación extraordinaria, el término romano para designarlo era precisamente dictador.
Así, dictador, sin ningún tono despectivo, tal como lo había sido Julio César. O como se denominó durante veintiséis años José Gaspar Rodríguez de Francia en Paraguay, quien previamente había ostentado el título de cónsul, igualmente heredado de la tradición romana.
Por supuesto, junto con esa admiración por Grecia y Roma también llegaron los términos condenatorios. Para los santanderistas y otros sectores liberales, la decisión de Bolívar lo convirtió en un “déspota” y, sobre todo, en un “tirano”, calificativos que ya aparecían en los discursos de quienes participaron en el atentado de 1828. Muy pronto, el título de dictador también cayó en desgracia.
Pocos años después, Andrés de Santa Cruz prefirió llamarse Protector de la Confederación Perú-Boliviana; Antonio López de Santa Anna siguió siendo simplemente Presidente de la República Mexicana, aunque ejerciera el poder en múltiples ocasiones; y Juan Manuel de Rosas se presentó, con aparente modestia, como Gobernador de la Provincia de Buenos Aires.
Y, aun con aquel grandilocuente título, la dictadura de Bolívar duró apenas un año y medio. Para el siglo XIX fue una experiencia excepcional, para el siglo XXI, una rareza aún mayor que este grabado nos invita a redescubrir.
