Estudiantes del Externado restauraron cuatro obras de Pedro Alcántara Quijano

Por: Diego Lozano

La mañana en la Facultad de Estudios del Patrimonio Cultural amaneció con un aire distinto, como si presintiera que algo valioso estaba a punto de revelarse. Cuatro grupos de estudiantes de octavo y noveno semestre restauraron pinturas de inicios del siglo XX de la autoría de Pedro Alcántara Quijano y pertenecientes al Convento de San Francisco de Bogotá.

La Facultad ubicada a escasos metros de la iglesia de Egipto también celebraba otro motivo: la llegada del nuevo mobiliario para los laboratorios y talleres. Una renovación largamente esperada que, como se diría después, marca un antes y un después en la formación de futuras(os) conservadoras(es) del patrimonio en Colombia.

José Luis Socarrás, decano de la Facultad, abrió el encuentro con palabras que resonaron entre las mesas recién estrenadas. Agradeció a la comunidad franciscana la confianza que han tenido no solamente durante este periodo académico, sino en trabajos continuados. Este proceso de restauración y conservación es comúnmente realizado por nuestras(os) estudiantes de semestres más avanzados. La Facultad siempre está en procura de encontrar alianzas que les permitan aplicar lo conocido a través de experiencias reales. 

“Esa confianza la retribuimos con restauraciones profesionales hechas por estudiantes que están a un paso de obtener su título profesional y que ya fungen como tales. Decir que tener abierto este programa (Estudios del Patrimonio Cultural) es absolutamente significativo para nuestro país —no es ni siquiera para la Universidad, es para el país— y en ese sentido seguimos trabajando denodadamente por mantener un proyecto académico vigente y actualizado”, subrayó Socarrás. 

A su lado, las obras restauradas —Protomártires franciscanos, Nuestra Señora de Fátima, Inmaculada y Santos franciscanos, y Fray Martín de la Palma— parecían respirar de nuevo, pues fueron restauradas por manos jóvenes que entendieron su valor más allá de lo visible.

Diana Martínez, directora del programa de Conservación y Restauración del Patrimonio Cultural Mueble, tomó la palabra para explicar el doble motivo del encuentro. Con orgullo, recordó que las piezas restauradas son de un artista clave de inicios del siglo XX, creadas para un convento que forma parte de la memoria espiritual del país.

La jornada avanzaba en el taller y hubo miradas detenidas sobre cada pintura. Para la directora académica del Externado, Carolina Esguerra, este acto fue también símbolo de renovación. 

“El mobiliario que hoy entregamos sustituye el que acompañó el trabajo académico durante los últimos 30 años… Hoy, gracias a esta renovación, contamos con mesas de altura graduable, muebles especializados, carritos móviles y sillas ajustables que mejorarán la calidad de los procesos formativos”, afirmó Esguerra. 

La directora señaló que la restauración de estas obras no fue esfuerzo aislado, sino parte de un compromiso permanente del programa con instituciones públicas y privadas del país.

El profesor Juan Sebastián Valencia expresó que este recorrido de más de 20 años en colaboración con la comunidad franciscana ha sido muy fructífero, no solamente para los docentes, sino también para los estudiantes que han podido trabajar obras de tal importancia para la cultura del país.

La voz estudiantil llegó de la mano de Paula Rodríguez, quien narró con detalle el proceso detrás de una de las obras: un lienzo de la Virgen de Fátima cuyo estado inicial planteaba más preguntas que certezas.

“Cuando llegó este cuadro, teníamos bastantes incertidumbres sobre qué era original y qué debía restaurarse”, dijo. A su vez explicó cómo los estudios preliminares, el análisis estratigráfico y la investigación iconográfica fueron resolviendo dudas: desde manchas que resultaron ser parte de la técnica del autor, hasta gotas que, lejos de ser deterioro por humedad, correspondían al relato de la aparición de Fátima bajo la lluvia. Su relato permitió entender la esencia del oficio: una mezcla de ciencia, intuición, historia y sensibilidad.

“Lo más grave que encontramos fueron manchas de humedad, suciedad y roturas previas, pero cada hallazgo nos acercó más a comprender la técnica del autor”, comentó Rodríguez con la serenidad de quien sabe que restaurar es también interpretar.

La entrega culminó con un recorrido final por el taller, donde el brillo de las superficies restauradas convivía con el olor del nuevo mobiliario, las herramientas ordenadas y la emoción de las(os) estudiantes. Cuatro pinturas centenarias recuperaron su vigor, gracias a un trabajo que es, a la vez, arte, ciencia y servicio al patrimonio cultural del país.

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