Cuando las señas interpretan el silencio: la historia de Nicolás Escobar, profesor de LSC del Externado

Por: Diego Lozano

Nicolás Escobar es un profesor que siempre guarda una sonrisa cálida en su rostro. Nació sordo, su madre tuvo rubeola durante el embarazo, y desde entonces el silencio fue su punto de partida. Él tuvo que aprender a interpretar el mundo y sus pensamientos con las manos. Hoy le enseña a otras(os) a hacerlo en procura de que haya más inclusión.

Aprendió Lengua de Señas Colombiana (LSC) cuando era niño, alrededor de los 12 o 13 años. Antes de eso, él encontró la manera de comunicarse con su familia y la gente que tenía a su alrededor como podía. La mayoría de las veces con creatividad y astucia. Su discapacidad auditiva nunca fue un muro: fue el impulso para que su proyecto de vida tomara forma.

A través de una entrevista realizada en la Universidad Externado, Nicolás nos contó en lengua de señas colombiana que ese proyecto consiste en fortalecer la comunicación entre personas sordas y oyentes. Hacer que el puente exista. Que sea cotidiano. Que deje de sentirse excepcional. Por eso decidió sumarse y ser el profesor de la electiva de Lengua de Señas Colombiana en el Externado: para abrir una puerta que históricamente se ha mantenido entreabierta o directamente cerrada.

Ser profesor, afirma, es un reto constante. Y ser un profesor sordo lo es todavía más. Nicolás debe pensar estrategias accesibles para estudiantes de todas las facultades, adaptar contenidos, inventar maneras de conectar con quienes jamás han tenido contacto con la LSC. Pero lo cuenta sin lamento: lo dice con orgullo. Con la firmeza de quien ha encontrado un gran propósito.

Cuando llegó por primera vez al campus del Externado, sintió que ingresaba a otro universo. Caminó, observó y conoció personas. Aquella visita fue una especie de revelación: entendió que allí podría nacer algo importante. Y así fue. El curso que hoy lidera no solo es novedoso: es casi un hito institucional. Desde este 2025, el Centro de Idiomas y Cultura del Externado ofrece una materia formal de LSC impartida por un profesor sordo. 

“Ofrecer estos espacios apoya la inclusión; abre barreras”, explica Nicolás. Enseñar LSC no es solo enseñar un alfabeto, una gramática o un conjunto de señas. Es habilitar un tipo diferente de ciudadanía. Es permitir que más personas puedan acercarse sin intermediarios. Es, de alguna manera, democratizar la escucha, incluso cuando esa escucha no pasa por el oído.

Pero esta historia no es solo de Nicolás. En la mitad del relato aparece Luisa Arévalos Salinas, quien interpretaba las preguntas durante la entrevista. Luisa no es intérprete profesional —aún está en formación—, pero su historia con la LSC viene desde antes de que pudiera leer. Es CODA, hija de padres sordos, y aprendió la lengua con la naturalidad con la que otros niños aprenden a pronunciar sus primeras palabras. Su mamá le enseñaba español con los libros de Nacho, pero siempre acompañando cada imagen y cada palabra con una seña. Así, entre dibujos, repeticiones y gestos cotidianos, fue construyendo un bilingüismo silencioso y profundo.

Con los años quiso formalizar ese conocimiento y se certificó en todos los niveles de Fenascol. Después empezó a dictar talleres comunitarios, incluso antes de pensar que eso pudiera convertirse en una experiencia universitaria. Enseñaba lo básico: el abecedario, cómo funciona la gramática visual, qué significa hablar de lengua y no de lenguaje, por qué es más apropiado decir sordo y no sordomudo. Su intención era simple: compartir lo que sabía. Pero la respuesta de la gente fue tan grande que inevitablemente algo más tenía que suceder. 

Ese “algo” tomó forma un día cualquiera, cuando en una clase en el Externado mencionó que sabía LSC. Una profesora escuchó, se sorprendió, y de inmediato lo comunicó al Centro de Idiomas y Cultura (CIC). Luisa fue contactada y comenzó a dictar talleres semestrales. La asistencia fue tal que el CIC entendió que la universidad necesitaba algo mayor: un curso formal. Y entonces Luisa hizo la recomendación decisiva: “Si hay un curso de lengua de señas, debe dictarlo una persona sorda”. Allí empezó la búsqueda. Nicolás tocó la puerta del CIC y todo encajó.

Para Luisa, que en algún punto del camino se convirtió en puente y testigo, el valor del curso es inmenso. “Muy pocas personas saben lengua de señas”, dice, y por eso las personas sordas dependen constantemente de intérpretes para tareas tan básicas como ir al banco o asistir a una cita médica. 

“Cada encuentro fortuito con alguien que sabe LSC, es un momento de felicidad genuina. Es sentir que el mundo por fin abre una pequeña ventana”, expresa Arévalos.

Por eso este curso importa. Porque genera comunidad. Porque reduce la soledad. Porque da herramientas. Porque, como dice Luisa, permite que las personas sordas se sientan parte de la sociedad y no habitantes de una esquina donde nadie entiende su voz. Es la posibilidad de que el Externado dialogue con quienes históricamente han sido obligados a adaptarse al mundo oyente. Ahora las señas interpretan el silencio.

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