Nuestra huerta es historia, diálogo y sabiduría
Entre las calles del barrio Egipto, a pocos minutos de nuestro campus, hay un terreno que hoy respira distinto. Aquí crecen arracacha, fríjoles y plantas que convocan mariposas, abejas y otras formas de vida. Este espacio integra procesos educativos y transforma la experiencia de nuestras(os) estudiantes, quienes se reúnen alrededor de un fogón para aprender desde la tierra.
El lugar, que cuenta con cerca de 400 metros cuadrados, nació del esfuerzo de estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas y del programa de Interacciones Multiculturales (PIM). Como explica el profesor y director del programa, Mutauta Kaa Asik Muelas Trochez, el espacio no siempre fue así: era un terreno sin suelo fértil, cubierto de escombros. Fue necesario limpiarlo, retirar la vegetación invasiva y remover residuos. Con el apoyo del Jardín Botánico y del rector de nuestra Casa de Estudios, comenzó el proceso de adecuación.
“Cuando nos entregaron el terreno, ya habíamos ayudado a retirar el escombro. Luego empezamos a buscar tierra, materia orgánica y a construir las primeras terrazas, que inicialmente fueron de madera. Sin embargo, solo duraron cerca de dos años y terminaron convirtiéndose nuevamente en tierra. Más adelante, con el cambio de dirección en la Universidad y el apoyo del doctor Parra y la Secretaria General, logramos construir terrazas de piedra con bloques y cemento que nos proporcionaron”, afirmó
La huerta externadista no busca producir en masa ni generar rentabilidad. Lo que se cosecha no se vende: se comparte con estudiantes, profesores, directivos y, en ocasiones, con vecinos del barrio Egipto que se acercan para reconocer plantas e intercambiar saberes.
El espacio es pequeño, pero su diversidad es amplia. Hay cebolla, arracacha, ruda, romero, hinojo, llantén, sábila y jacón, y muchas más. En un rincón crece un cilantro nativo traído del Cauca, conservado por comunidades indígenas y que está en peligro de extinguirse. También se trajo el lupinus —conocido como chocho o tarwi—, un fríjol que, en estado natural, es tóxico y exige un conocimiento preciso para transformarlo en alimento.

Quienes la visitan por primera vez pueden pensar, y así lo han dicho, que es un lugar abandonado o que “está lleno de monte”; pero no, es un lugar que no responde a la lógica del cultivo limpio y homogéneo que impone la agronomía convencional. En la huerta se respeta la vida de cada planta que nace y las especies que la enriquecen.
En este espacio, se reflexiona sobre las prácticas cotidianas y el buen vivir, los externadistas aprenden sobre plantas como la Plectranthus ornatus, conocida como acetaminofén o boldo paraguayo, utilizada para aliviar el dolor de cabeza. También descubren especies de sabor dulce y otras que proveen fibras naturales. Con ellas aprenden a hilar, a tejer y a comprender que, antes de los materiales sintéticos derivados del petróleo, existieron otras tecnologías para transformar el entorno.
Se cocina en un fogón de leña, bajo una caseta construida para resguardarse de la lluvia. Se recoge agua lluvia en un tanque para enfrentar los tiempos de sequía. Se aprende y sobre todo leen la importancia de la naturaleza para nuestras raíces.
El sueño es que la huerta se convierta en el corazón de una nueva sensibilidad universitaria; que la ciencia y la sapiencia de los pueblos no se miren con recelo, sino que dialoguen en torno a los conocimientos ancestrales, y que continúen existiendo espacios para el intercambio de conocimientos.
“Es fundamental reconocer la importancia de la vida misma para que, en los procesos de formación junto a profesores y estudiantes, descubramos otras maneras de vivir y coexistir con la naturaleza. En este caso, buscamos ayudar a cuidar los suelos, el agua, las aves y las plantas que tenemos en este microespacio, las cuales representan la biodiversidad del país que, en su gran mayoría, aún desconocemos”, señaló Muelas.