El declive de la democracia constitucional y la Conferencia Mundial de Derecho Constitucional en Bogotá

Rodrigo Uprimny Investigador de Dejusticia, profesor Universidad Nacional y miembro del Comité Ejecutivo de la Asociación Internacional de Derecho Constitucional (IACL-AIDC).

Luego de una cierta primavera de la democracia, entre 1990 y 2010, el declive democrático y del Estado de derecho en el mundo es claro, como lo señalan todos los centros de investigación que documentan cuantitativamente esas evoluciones, como Freedom House. Llevamos dos décadas continuas de deterioro de la democracia constitucional que, en muchas ocasiones, paradójicamente, ha sido amenazada o destruida por los triunfos electorales de populismos autoritarios, tanto de izquierda como de derecha, como lo ejemplifican el chavismo en Venezuela o Víctor Orban en Hungría. Es como si las mayorías estuvieron contra la democracia.

Hoy, como han insistido Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su conocido libro Cómo mueren las democracias, la democracia constitucional podría estar pereciendo no por asaltos externos, como ocurría en el pasado, con los golpes militares, sino por una erosión interna y por medios aparentemente democráticos. Es como si la democracia estuviera devorándose a sí misma.

El deterioro del Estado de derecho y el declive de la democracia constitucional son difíciles de entender y enfrentar por cuanto responden a múltiples causas y tienen variaciones nacionales significativas. Por retomar los ejemplos ya citados, no han sido iguales la destrucción de la democracia venezolana por el chavismo o la mutación de Hungría en un Estado autoritario durante los gobiernos de Orban. Y obviamente las amenazas a la democracia estadounidense bajo Trump tienen múltiples especificidades, entre ellas, que se trata de la principal potencia planetaria, por lo cual sus impactos son globales.

A pesar de esa dificultad, es posible conjeturar que existen algunos factores dinamizadores comunes de estas evoluciones. En un artículo reciente en el proyecto “Imaginar la Democracia”, de la revista Cambio, conjeturé que era posible distinguir metodológicamente cinco tipos de factores.

Dos son estructurales y comunes a todos los países, a saber: primero, la hiperglobalización de naturaleza neoliberal de estas décadas, la cual, especialmente en los países desarrollados, deterioró las condiciones de la clase media y trabajadora y generó una casta de poderosos billonarios. Este doble movimiento (billonarios extremadamente ricos y una clase trabajadora en dificultades económicas) es casi un caso de libro del impacto negativo de la desigualdad sobre la democracia, que tiende a convertirse en una plutocracia. Segundo, la digitalización y las redes sociales, las cuales favorecieron el acceso a la información de ciertas poblaciones, pero han erosionado los espacios públicos pluralistas y alimentado las polarizaciones corrosivas; igualmente, estas tecnologías, controladas muchas veces por poderosos actores económicos y por billonarios, como Musk con X o Zuckerberg, con Meta (Facebook, Instagram, WhatsApp), han potenciado la manipulación de las preferencias ciudadanas.

A estos factores comunes globales se suman otros dos que tienen particularidades nacionales: primero, el desarrollo de estrategias deliberadas exitosas de ciertos sectores, que han buscado minar la democracia usando las elecciones para favorecer ciertos intereses y ciertas visiones ideológicas. Un ejemplo ha sido la captura del Partido Republicano en Estados Unidos por parte de políticos extremistas como Newt Gingrich o el Tea Party, apoyados por billonarios como los hermanos Koch. O el apoyo actual de Musk a Trump. Segundo, los propios errores de las fuerzas democráticas, que han favorecido el triunfo de los populismos autoritarios. Por ejemplo, la adhesión acrítica a una hiperglobalización neoliberal por el Partido Demócrata en Estados Unidos o por ciertos partidos socialistas en Europa privó progresivamente a esas fuerzas políticas del apoyo de las clases trabajadoras, impactadas negativamente por la globalización, las cuales terminaron migrando hacia movimientos de extrema derecha, que parecían darles respuesta a sus temores pues se oponen a la globalización y a la migración.

Entre todos estos factores que alimentan el declive de la democracia, en este artículo quiero destacar un quinto, del cual se habla poco en los debates públicos: el peso que pueden tener los diseños constitucionales en esa dinámica. Y lo hago porque este factor muestra la importancia del “Congreso Mundial de Derecho Constitucional” (WCCL, por sus siglas en inglés) que se desarrollará el año entrante en Bogotá.

Mi tesis, que desarrollo en un artículo reciente y que en el fondo retoma y actualiza los planteamientos de Giovani Sartori en su libro de los años noventa sobre Ingeniería constitucional comparada”, es la siguiente: algunos diseños constitucionales favorecen el deterioro democrático, como una forma de gobierno presidencial y un sistema electoral mayoritario que lleva al bipartidismo; en cambio, otros podrían prevenirlo, o al menos hacerlo menos probable, como una forma de gobierno parlamentaria y un sistema electoral proporcional que estimula el multipartidismo.

Esta visión es relevante para pensar el actual deterioro democrático. Comparemos Italia (parlamentarismo pluripartidista) con los Estados Unidos (presidencialismo bipartidista).

Giorgia Meloni, líder de la extrema derecha, llegó a primera ministra de Italia al ser la fuerza más votada en 2022. Pero la elección italiana fue menos divisiva que la estadounidense, debido al multipartidismo, asociado a su sistema electoral proporcional. Además, Meloni ha tenido que moderar sus posiciones para mantener la confianza del parlamento y poder gobernar, porque Italia es un régimen parlamentario. En cambio, la elección de Trump fue muy divisiva debido al bipartidismo, ligado a su sistema electoral mayoritario; además, a pesar de que ganó la elección por menos de 2 por ciento en el voto popular, sin embargo, Trump controla todo el poder ejecutivo federal y hoy gobierna como una especie de emperador.

Estos dos elementos de diseño constitucional (forma de gobierno y sistema electoral) no son los únicos que explican dinámicas nacionales diversas de declive democrático. Existen otros aspectos, como el régimen territorial (si el país es centralista o autonómico), el grado de protección de la independencia judicial o la existencia o no de otros órganos independientes, como la justicia constitucional, como intenté sustentarlo en un artículo reciente de este proyecto.

Esta exploración del peso de los diseños constitucionales en la suerte de la democracia muestra la importancia del mencionado Congreso Mundial de Derecho Constitucional del año entrante acá en el Externado. La razón: este Congreso, organizado por la Asociación Internacional de Derecho (IACL-ACDC) Constitucional, tiene como sugestivo título “Constitucionalismo sostenible: ¿respuestas en un mundo cambiante?”, precisamente porque pretende explorar no solo como el derecho constitucional puede favorecer el desarrollo sostenible frente a la triple crisis ambiental (cambio climático, pérdida de la biodiversidad e incremento de la contaminación) sino también la otra connotación de la expresión “constitucionalismo sostenible”: ¿cómo podemos sostener y preservar los valores esenciales del constitucionalismo democrático: derechos humanos y Estado de derecho? Por eso uno de sus ejes de discusión será si el constitucionalismo con sus diversos diseños institucionales son parte del problema o parte de la solución de este declive democrático. Y el énfasis será en intentar encontrar respuestas a estas preguntas existenciales. Ojalá lo logremos.

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