El renacer de una institución: Externado de Derecho y Ciencias Morales y Políticas
Por Natalia León Soler
Directora (e)
Lux non occidat: Museo y Archivo Histórico
Universidad Externado de Colombia
A comienzos del siglo XX, cuando Colombia atravesaba tensiones políticas, profundas divisiones ideológicas y un marcado control confesional sobre la educación, un grupo de jóvenes estudiantes y de notables docentes, decidió que no iba a quedarse quieto. No estaban conformes con el rumbo de su formación ni con el ambiente de autoritarismo que sentían en otras universidades de la época. Querían algo distinto: una universidad libre, moderna, abierta al debate y sin ataduras políticas o religiosas. Así resurge, en 1918, el Externado de Derecho y Ciencias Morales y Políticas, una institución que recuperó el espíritu del Primer Externado (1886-1895) y pasó a ser el referente nacional en materia de educación libre.
Entre guerras, dogmas y búsquedas
Hacia 1896, Colombia avanzaba como quien camina sobre un terreno que tiembla bajo sus pies. Las tensiones políticas entre un Partido Nacional aferrado al poder y un Partido Liberal marginado desde la Constitución de 1886, habían llenado el ambiente de recelo y silencios rotos, como si el país respirara con dificultad. Apenas un año antes, la breve pero intensa guerra civil de 1895 había demostrado que la herida era mucho más profunda de lo que muchos querían admitir: las batallas de La Tribuna y Enciso, lideradas por el general Rafael Reyes, fueron victorias que no trajeron alivio, sino la certeza de que se avecinaba un conflicto mayor.
A esa inestabilidad se sumaba una economía que parecía desmoronarse: el papel moneda perdía valor, los precios del café caían y el descontento crecía en cada rincón. En medio de este clima sombrío, antiguos catedráticos, estudiantes y egresados del Externado, no se reponían de la muerte del fundador Nicolás Pinzón Warlosten, cuya pérdida acentuó el sentimiento colectivo de incertidumbre. El país se encaminó a pasos lentos, pero inevitables, a la tormenta de la Guerra de los Mil Días (1899-1902).
En las primeras décadas del nuevo siglo, las universidades oficiales del país respondían más a intereses doctrinarios que a los avances científicos que el mundo estaba exigiendo, a pesar del esfuerzo de otras instituciones por sostener las huellas que dejó el primer Externado, de una educación liberal, científica y laica. Sin embargo, el humo de guerras y batallas políticas reforzó en profesores, abogados, pensadores y estudiantes, la convicción de que Colombia necesitaba una universidad libre. Y ese anhelo encontró su momento en 1917–1918, cuando la Universidad Republicana entró en crisis por enfrentamientos internos, decisiones arbitrarias y un ambiente que los estudiantes describían como sofocante.
De la tradición a la modernidad
Entre 1900 y 1930, Bogotá comenzó a dar sus primeros pasos hacia la modernidad. A pesar de que aún conservaba rasgos coloniales en su arquitectura y costumbres, poco a poco se fue avanzando hacia la modernidad, por ejemplo, con la llegada de la electricidad en 1900, el teléfono en 1904 y el tranvía eléctrico en 1910, que revolucionó la movilidad urbana. La inauguración del Teatro Colón en 1892 constituyó el símbolo cultural en estas décadas. Barrios como Chapinero y Teusaquillo empezaban a consolidarse como espacios residenciales modernos. Estos avances trajeron consigo una sensación de progreso y dinamismo, pero también tensiones: la migración desde zonas rurales aumentó la población, generando problemas de vivienda y desigualdad que contrastaban con la imagen de modernidad que la élite buscaba proyectar.
En 1910 se celebró el Centenario de la Independencia con la creación de instituciones culturales y educativas que reforzaban la idea de que el conocimiento era clave para el progreso. La educación comenzó a abrirse a sectores más amplios, aunque seguía siendo un privilegio para muchos. La sociedad bogotana se debatía entre la tradición y la modernidad: mientras algunos abrazaban los nuevos valores de ciencia y progreso, otros defendían las costumbres heredadas del siglo XIX. Así, Bogotá se convirtió en un escenario de contrastes, donde la modernidad ofrecía esperanza y transformación, pero también dejaba ver las desigualdades que acompañarían su desarrollo.
Un grupo de estudiantes, cansados de la situación educativa, desde las aulas de la Universidad Republicana y bajo el manto de los aires que llegaban de otras partes del mundo, piden apoyo para fundar de nuevo el Externado. Bajo la expresión de una educación basada en la libertad, el rigor académico y la independencia frente a intereses externos, sería el sello de nuestra identidad institucional.
En paralelo, la Reforma Universitaria de Córdoba (Argentina), de junio de 1918, nutrió el lenguaje político y pedagógico de estudiantes y profesores. Un manifiesto generacional que exaltaba autonomía universitaria, cogobierno, concursos de méritos, periodicidad de cátedras, cátedra libre y extensión universitaria. El movimiento, de impronta latinoamericana, se pensó como una ruptura con la universidad oligárquica y dogmática, y dialogó con las inquietudes liberales de Colombia.
Es, en los años veinte, en donde las ideas de democratizar el gobierno universitario, profesionalizar la docencia y vincular la universidad a la sociedad, armonizaron con el ethos laico del Externado y con las críticas al modelo napoleónico-profesionalista y a la tutela confesional en las facultades tradicionales. Esta fue la chispa que encendió una reacción en cadena.
A comienzos de 1918 el Externado abrió sus puertas en un local de la carrera 10.ª. Se trató de un proceso muy rápido que demostró que el país necesitaba con urgencia un espacio académico distinto.
Construir una institución desde los valores
Diego Mendoza Pérez, ejerció la rectoría entre 1918 y 1933. Fue el jurista, sociólogo e historiador liberal, que transformó el Externado al introducir una agenda académica que iba más allá de los atavismos académicos y se enfocaba en el análisis de la realidad social. Su experiencia como gobernador, magistrado y ministro, junto con su obra intelectual que abarcaba desde estudios gramaticales, hasta investigaciones de sociología e historia diplomática, le otorgaron legitimidad para impulsar una cultura universitaria abierta, plural y crítica. Bajo su liderazgo, la institución se orientó hacia la formación cívica y el pensamiento social, desplazando la vieja erudición hacia enfoques modernos de las ciencias sociales.
Como rector, Mendoza definió con claridad que el Externado debía ser un espacio guiado por la disciplina intelectual, la ética y la libertad de pensamiento. Su propósito no era formar profesionales repetidores, sino ciudadanos críticos capaces de enfrentar los problemas nacionales. Para ello introdujo dos principios fundamentales: la reforma moral del carácter, que entendía el estudio como un camino para ser mejores ciudadanos, y el honor como pacto institucional entre profesores y estudiantes. Estas ideas se materializaron en prácticas concretas como exámenes orales exigentes, trabajos vinculados a la realidad del país, el rechazo a tesis desconectadas de la problemática nacional y la decisión de no convalidar automáticamente estudios externos, reafirmando que todo debía ganarse con esfuerzo y mérito.
Durante la década de 1920, el Externado participó activamente en debates nacionales sobre reforma universitaria, educación laica, profesionalización del Derecho, pedagogías modernas y derechos de la mujer. Todo esto lo convirtió en un actor relevante no solo académico, sino también político y social.
Marcando el camino hacia la educación libre y moderna
El triunfo del liberalismo en 1930 con Enrique Olaya Herrera abrió un ciclo de reformas que transformaron la educación en Colombia. El Decreto 1487 de 1932 reorganizó la primaria, incorporó jardines infantiles y cursos complementarios orientados a oficios, además de crear las “escuelas tipo” como modelo de calidad y cobertura, desplazando poco a poco la influencia eclesiástica. En ese mismo ambiente político, la Ley 68 de 1935 refundó jurídicamente la Universidad Nacional, garantizó la libertad de cátedra y la autonomía, y convirtió al campus en un eje de modernización cultural y urbana. Estas medidas consolidaron la apuesta de la “Revolución en Marcha” por una universidad pública, científica y crítica, equivalente estatal de las experiencias laicas privadas como el Externado y la Libre.
Entre 1918 y 1933, el país transitó de una universidad subordinada al dogma hacia un sistema que reconocía la autonomía del saber y su vocación pública. El renacer del Externado bajo Diego Mendoza Pérez dio forma institucional al proyecto laico, mientras los movimientos estudiantiles y las reformas administrativas hicieron realidad la investigación, la cátedra libre y el cogobierno. En medio de crisis universitarias, tensiones políticas y debates ideológicos, el Externado se consolidó gracias al empuje de los estudiantes, la visión de sus profesores y la entrega desinteresada y coherente al nuevo proyecto educativo. Así, la educación superior emergió como un eje del proyecto de modernidad en Colombia, con el Externado convertido en un espacio de pensamiento crítico, plural y transformador.
Ese legado —hecho de honor, libertad y rigor— sigue vivo en las aulas, iniciativas, investigaciones y conversaciones que hoy alimentan nuestra vida universitaria. Conocer esta historia no solo es un ejercicio de memoria: es una invitación a seguir cuidando aquello que nos hace externadistas.