Emiro Sandoval, un externadista brillante

Cuando llegó a Bogotá desde Girardot, traía en su maleta más sueños que ropa. No sabía que encontraría un lugar que marcaría para siempre su destino: la Universidad Externado de Colombia. En la capital estudió, creció, formó una familia y se hizo magistrado. Hasta que en noviembre de 1985, fue asesinado en la toma y retoma del Palacio de Justicia.

Amelia Mantilla, su esposa, recuerda con ternura cómo comenzó la historia. “Él quería ser psicólogo”, dice. “Pero un tío abogado le dijo que también pensara en estudiar derecho. Y cuando le preguntó qué universidades existían, ese tío le mencionó el Externado”. Allí fue cuando tomó la decisión de ser externadista, y el rumbo de su vida cambió para siempre.

Eligió al Externado por cómo se entiende el conocimiento de una forma libre, crítica y humanista. Rápidamente se convirtió para Emiro en su segundo hogar, en el espacio donde la razón se encontraba con la sensibilidad, donde los hechos se mezclaban con la justicia.

La vida universitaria en aquellos años tenía una energía especial. “Era muy linda —cuenta Amelia— porque todos éramos amigos. Los de primero conocían a los de quinto, nos ayudábamos, compartíamos todo (…). En la cafetería, cada uno exponía sus ideas, los conservadores, los liberales, en fin, todas las ideologías. Cada uno daba su discurso y se respetaba”. Ese espíritu solidario y de libre pensamiento lo marcó profundamente, tanto que años después él mismo se convertiría en profesor, en mentor y en referencia académica.

En aquellos días, Bogotá era una ciudad que imponía su propio desafío. “Veníamos con la idea de la provincia y nos tocó madurar, esto era otra cosa. Bogotá era montarnos en los buses para llegar a la universidad. El clima. La subida de la loma. Encontrarnos aquí esa diversidad de todos nosotros era muy interesante”, relata Mantilla.

Entre los nuevos compañeros, Emiro destacaba. Era un estudiante brillante, silencioso, de esos que prefieren los libros a las palabras. Fue becado por su excelencia, pero nunca se lo contó a su padre. El dinero del semestre, en vez de devolverlo, lo invertía en libros. “Era un gran lector —recuerda Amelia—. Con esa plata se fue armando su biblioteca”. Aquel gesto fue una declaración de principios: los libros eran su verdadero tesoro. En su casa aún se conservan los volúmenes de la colección del Quijote que le regaló su abuela, las novelas policiales de Agatha Christie y Sherlock Holmes, y los tratados de historia que lo acompañaron toda la vida.

La juventud de Emiro transcurrió entre la disciplina y la pasión. Primero como estudiante, luego como litigante, cuando trabajaba con su tío en una oficina. Un día, al llegar a los juzgados, un funcionario lo saludó diciendo: “¿Qué se le ofrece, niño?”. Aquello lo marcó. Desde entonces decidió dejarse crecer el pelo, las patillas y el bigote.

El destino volvió a cruzarlo con Amelia en una clase de penología. Él era el monitor. Ella, la estudiante. El humor fue el puente que los unió. “Siempre tuvimos mucha camaradería —cuenta Amelia—. Él me llamaba y se moría de risa con mis ocurrencias”. La amistad se convirtió en amor, y un año después estaban casados. La vida juntos se tejió entre audiencias, libros y viajes. Emiro fue uno de los fundadores del grupo de criminología del Externado, liderado por Alfonso Reyes Echandía. Aquel fue un espacio que marcaría una generación entera de juristas como: Iván González, Jaime Camacho, Germán Marroquín y Jesús Antonio Muñoz.

Pronto su talento lo llevó a los estrados y a la docencia. Trabajó en Instrucción Criminal, lo que hoy se conoce como la Fiscalía. Fue juez penal municipal primero y luego segundo del circuito. Reyes Echandía se interesó en sus talentos y lo cobijó para que fuera magistrado auxiliar. Emiro Sandoval también fue profesor del Externado, donde enseñaba con una mezcla de rigor y calidez. Quienes lo conocieron lo recuerdan como un académico profundo, obsesionado por la precisión, pero también como un ser humano noble, tímido, de una serenidad inquebrantable.

Gracias a su trabajo recibió una invitación de la Fundación Humboldt para realizar una estancia académica en Alemania. Al principio, dudó en aceptar. “No sé si pueda”, dijo. Pero Amelia lo convenció: “¿Cómo vas a rechazar algo así? A nadie le ofrecen eso”. Y una madrugada, el teléfono sonó con la noticia: había sido aceptado. Alexandra Mantilla, su hija, tenía apenas ocho meses cuando partieron a Múnich. “Allá las primeras palabras que dijo no fueron en español, sino en alemán. ‘Decía ‘Nine, nine’”, recuerda Amelia.

En Alemania, Emiro se entregó de lleno al estudio. Aprendió el idioma en seis meses, encerrado entre libros y cuadernos. “Era capaz de dictar conferencias en alemán. Y lo hizo, años después, en la Escuela de Frankfurt”, cuenta con orgullo su esposa. La estancia europea fue un tiempo de crecimiento y reconocimiento. En Múnich y Saarbrücken se destacó como investigador riguroso, querido por sus colegas y respetado por su inteligencia. “Lo recuerdo leyendo libros en alemán, concentrado. Era increíble verlo aprender con tanta pasión”, dice Amelia.

Ese mismo rigor lo acompañó de vuelta en Colombia, donde su nombre se volvió sinónimo de excelencia académica. Sus textos —especialmente Sistema penal y criminología crítica— se convirtieron en lectura obligada para generaciones de penalistas. “Hasta hoy siguen siendo vigentes”, comenta Alexandra. “Logró unir la dogmática penal con las ciencias sociales”.

Esa capacidad de tender puentes entre el derecho, la psicología y la sociología fue lo que lo hizo un pensador distinto. Su hija Alexandra lo resume así: “Él se preguntaba por qué la gente comete crímenes, y desde ahí analizaba las causas humanas, no solo las normas. Por eso su obra sigue viva”.

En casa era simplemente papá. Jugaba con su pequeña hija, “Mi mamá me cuenta que él me sentaba en sus piernas con la máquina de escribir y me dejaba hacer rayones”, cuenta Alexandra entre risas. “Creía que estaba escribiendo como él”.

Emiro también tenía una pasión desbordada por el deporte. Era arquero en el equipo de fútbol del Externado. “Usted no se imagina cómo tenía las rodillas. Vueltas nada, de tanto lanzarse al suelo”, recuerda Amelia riendo. En su casa también se acumulaban revistas deportivas, recuerdos de un hincha acérrimo de Millonarios. “En esa casa todos éramos de Millonarios”, dice Alexandra, hija de la pareja. Y entre risas, Amelia recuerda cuando Alexandra, de niña, celebraba un campeonato: “Se quitó una media, la sacó por la ventana del carro y gritaba ‘¡Anarios, Anarios!”.

A pesar del tiempo transcurrido desde su partida, su presencia sigue viva en la memoria familiar y en las aulas del Externado. “Imagínate —dice Amelia—, ya han pasado más de cuarenta años desde que murió, y todavía lo siguen recordando. Eso nos llena de orgullo”.

Cada libro suyo reeditado, cada estudiante que lo cita, es una forma de mantenerlo presente. El Externado prepara un libro homenaje con algunos de sus textos más significativos, y otros más escritos por estudiosos y conocedores de su obra académica. Iván González y Jesús Antonio Muñoz, junto a Alexandra Mantilla, están desarrollando el proyecto.

En cada página, en cada palabra, hay algo de su espíritu. No solo del jurista brillante, sino del hombre sensible, lector incansable, amante del fútbol y del conocimiento. De aquel muchacho que soñó con entender la esencia humana a través del derecho. Para Amelia, el Externado fue más que la universidad de su esposo: fue el hilo que tejió su historia. “Toda la gratitud al Externado”, dice con emoción. “Quiero inmensamente esta alma máter, y sé que Emiro también la quiso muchísimo”.

Y así, entre los muros de la universidad, entre los libros que aún conservan su nombre y las memorias que lo evocan, sigue latiendo la voz de Emiro Sandoval: la del maestro que convirtió el pensamiento en herencia, y la del hombre que hizo del conocimiento una forma de amor.


* Las ilustraciones de este especial multimedia fueron generadas con el uso de IA, y editadas por el equipo de diseño de la Universidad Externado de Colombia a través del programa Photoshop.

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