Fabio Calderón Botero, el externadista eterno
La historia del magistrado estuvo compuesta de ideales profundos y afectos que no se quebraron tras su asesinato en la toma y retoma del Palacio de Justicia hace 40 años. En su vida, la Universidad Externado de Colombia ocupó un lugar fundamental. Se trató de su alma máter, un refugio de pensamiento, de libertad y de amistad, que lo acompañó hasta el último de sus días.
“Si usted me pregunta en qué Universidad fue criado, le digo: eso fue el Externado”, recuerda su hijo Camilo Calderón Rivera, con la certeza de quien sabe que la vida universitaria de su padre fue vital y aportó a la construcción de su identidad. Lo fue tanto, que cuando Fabio estuvo a punto de abandonar sus estudios de derecho por un desacuerdo con su padre —quien no consentía sus ideales liberales—, fueron los Hinestrosa los que dieron un paso al frente y decidieron que ningún conflicto podía arrebatarle el destino.
El hijo de Calderón Botero cuenta que Fernando Hinestrosa y su padre fueron grandes amigos. Se reunían para jugar ajedrez, hablar y debatir sobre diferentes temas e, incluso, bromeaban. Esa amistad trascendió en el tiempo y también le significó un apoyo trascendental para concluir sus estudios.
“Fabio Calderón Botero no se puede ir del Externado. Yo asumo su educación”, fue la decisión de Ricardo, el padre de su amigo Fernando, con la que selló para siempre esa unión. Ese gesto lo marcó. No significó solo un apoyo económico, sino un acto de fe en un joven apasionado por el derecho; capaz de discutir hasta con su propio padre por sus convicciones. Fabio se quedó en la Universidad, terminó su carrera y devolvió con creces aquella confianza.
El derecho lo apasionaba como pocos. Investigarlo, enseñarlo y discutirlo. “Esto me inquieta intelectualmente. Despierta mi intelecto. Reta mi intelecto”, solía decir. Como profesor, encontró en el Externado su casa. Dictó clases de derecho penal, área que lo sedujo pese a que Hinestrosa (hijo) le aconsejara que debía inclinarse por el civil o el comercial. Pero Fabio sabía que allí estaba su lugar: en las fronteras, quizá más complejas de la justicia.
“Él rechazaba el autoritarismo. Rechazaba cualquier cosa que no fuera democrática, libre, participativa y social. Eso era el Externado para él, y así era mi papá”, dice Calderón, hijo.
La otra cara de la moneda
Fabio Calderón Botero fue, antes que magistrado y académico, un romántico. Un hombre de pasiones: por la justicia, por el país, pero también por su familia. Su historia de amor con Elsie Rivera de Calderón parecía salida de una película. Se casaron jóvenes, él tenía 23 años. Juntos construyeron un hogar que pronto se llenó de hijos y de juegos, de conversaciones profundas y de una complicidad que aún hoy sobrevive en la memoria.

“En la casa era amoroso, tierno, pícaro… con mucha picardía. Jocoso, cómplice. Jugaba con nosotros a la lleva, a las escondidas, nos escondía tesoros. Se disfrazaba, se hacía de payaso. Era un compañero sin dejar de ser autoridad en el hogar”, relata Camilo, quien, inspirado por el profundo amor de su padre por el derecho, también decidió ser abogado.
La vida lo llevó pronto a ser juez en su natal Manizales, donde se encargó de un pequeño juzgado promiscuo. Allí empezó una carrera judicial que crecería con firmeza, sostenida siempre en la idea de que la ley era servicio, no privilegio. Católico y creyente, vivía su fe sin rigideces ni exclusiones. Liberal en ideas, pluralista en convicciones, disfrutaba discutir con quienes pensaban distinto. De derecha, de izquierda, de centro: para Calderón Botero todos eran interlocutores posibles en un diálogo democrático.
“Si usted me dice: ¿Fabio Calderón Botero quién era?, yo le digo: alguien sobre todo ético y con conciencia social”. Esa definición de su hijo lo describe por completo: un hombre cuya brújula moral no admitía atajos.
En la intimidad del comedor familiar, Fabio Calderón Botero dejaba entrever la dimensión humana de su oficio. Antes de firmar una sentencia, se persignaba y murmuraba: “Dios, que no me haya equivocado”. Sabía que detrás de cada decisión judicial había familias que quedaban desamparadas, niños que quedaban huérfanos. Esa conciencia lo llevó a pensar junto a su esposa en la idea de El Portal, un jardín infantil vecino a la cárcel La Modelo, que durante cerca de cuarenta años acogió a 480 niños y niñas, brindándoles educación, alimento, salud y abrigo.
Esa sensibilidad trascendió también la Corte. Una vez nombrado magistrado, comprendió que su cargo debía servir para algo más que dictar jurisprudencia. Con Elsie Rivera y un grupo de mujeres cercanas a la rama judicial impulsó la Asociación pro Obras Sociales de la Justicia, dedicada a apoyar a funcionarios y familias que atravesaban enfermedades, accidentes o viudez. Para Fabio, la justicia no terminaba en un fallo; era también solidaridad y acompañamiento en las horas más difíciles.
En su hogar, la espiritualidad se respiraba con naturalidad. Camilo conserva aún los Cristos ante los cuales oraba su padre, convencido de que la fe católica era inseparable de la ética pública. También guarda y exhibe con orgullo manuscritos, primeras ediciones de sus libros, objetos personales, incluso la placa de su primera oficina ubicada detrás del antiguo Palacio de Justicia. En ella reza: Fabio Calderón Botero, abogado. El apartamento de Elsie —su eterno amor—, hoy de 92 años, también parece un museo dedicado a su memoria. Allí ella guarda diferentes objetos y piezas que retratan momentos importantes de la vida de su marido.

“Mi papá nunca ha estado ausente. Siempre hemos sentido su presencia. Su asesinato no lo quitó de nuestra esfera. Era tan profundo, tan cercano, que nunca se ha ido”, afirma con absoluta convicción Calderón, hijo.
“La masacre en el Palacio de Justicia se llevó la vida de un magistrado y externadista, pero no pudo borrar al padre amoroso, al esposo cómplice, al profesor apasionado. En la memoria de los Calderón, Fabio permanece como una voz interna que orienta, que sugiere caminos. La familia, con fe y dignidad, ha sabido atravesar el dolor.
“Nosotros hemos tenido perdón. No puedo decir que olvido. Pero no hay retaliación, venganza, odio”, señala Camilo como consenso del sentir familiar con el profundo deseo de que el país no viva algo igual.
Por eso, aunque se hable de ausencia, lo cierto es que en los Calderón la figura de Fabio sigue intacta. Como inspiración cotidiana. Su esposa Elsie lo recuerda cada día en conversaciones íntimas; sus hijos lo invocan al enfrentar dilemas; sus nietos lo conocen a través de las anécdotas familiares.
En la historia de Colombia, su nombre quedó inscrito entre aquellos que perdieron la vida en la toma y retoma del Palacio de Justicia aquel 6 de noviembre de 1985. Pero para los suyos, para quienes lo amaron, sigue siendo el padre que escondía tesoros en la sala, el esposo enamorado, el externadista eterno.
