LA EXQUISITA TERNURA

DEL DOCTOR MUERTE

Por FÉLIX FORERO GARCÍA

Eran las nueve de la mañana cuando Luis Marchán, reconocido ginecólogo de la ciudad, regresaba a su consultorio con una pequeña mancha de sangre en su bata. Una mujer lo estaba esperando, pero no era cualquier mujer, la sensualidad le brotaba por sus cabellos largos y ondulados, su cuerpo, su rostro… Aunque el doctor Marchán siempre había hecho alarde de su buena memoria, no pudo recordarla. Con un gesto torpe la invitó pasar.

-Permítame su abrigo.-Muy amable -dijo ella-.
-Dígame que la trae por aquí.
-Bueno es que desde hace varios días, bla, bla, bla, bla, bla.
El doctor Marchán la imaginó preguntándole algo como: ¿ Es usted un hombre casado? ¿Tiene novia? Bueno, ese tipo de preguntas que hacen pensar en un interés mas allá del profesional. Pero lo único que pudo escuchar fue:
-¿Doctor me está prestando atención?
-¡Oh claro que sí! Continúe por favor.
-Bueno, de vez en cuando me duele la cintura y me cuesta caminar. Bien, doctor, eso es todo.
¿Eso es todo? Como podía decirlo si había llegado hasta él ¿Habría algún inconveniente? Pudo ser el destino que nos quiso reunir esta mañana para siempre, para iniciar una vida juntos, podríamos tener muchos hijos, un perro, un jardín…Pero este pensamiento fue interrumpido por un:
-Y que me recomienda doctor.
-Le recomiendo no salir de este cuarto.
-Pero, doctor -dijo la mujer, sin entender-.
-Dime Luis o mi amor
Un ágil movimiento la dejó en una posición muy incomoda, una mano en su boca y un brazo rodeando su pecho. Imposible escapar.
-¡Nunca me dejarás, estarás conmigo para siempre!
La punta del escalpelo atravesó su pecho rosado y sinuoso. Nadie escuchó nada, nadie vio nada. Después, mucho después, el doctor Marchán, guardó el cuerpo desnudo de la mujer en una bolsa negra y antes de cerrarla, no resistió las ganas de darle un beso de despedida. La enfermera de turno coqueteaba con el portero del lugar.
Eran las once y media de la mañana cuando el Doctor Marchán, reconocido ginecólogo de la ciudad, regresó a su consultorio con dos pequeñas manchas de sangre en su bata, dispuesto a recibir a su próxima paciente.


NOCHE DE CAMPEONATO

Piedra, déjame piedra,
No me deformes más,
déjame como soy,
que así estoy bien.

CAIFANES

Por GUILLERMO ANDRÉS ROZO

Frente al espejo se arregla uno de sus crespos. Brilla los zapatos de charol blanco contra la parte trasera de sus piernas. Alisa con sus manos el vestido blanco de lino y le quita las motas con sus dedos índice y pulgar. Sonríe en el espejo: su diente dorado ya no brilla como ayer. Arranca un poco de papel higiénico, y lo brilla con mucha fuerza, tanta que alcanza a maltratarse la encía. Escupe sangre, bota el papel al suelo, y pasa la lengua sobre el diente y la herida. Solo faltaba la "Shulton", casi media onza sobre el traje. Mierda, le quedaron manchas.

-!Mariela! !Mariela! -Se oye un chancleteo apresurado venir.
-Mirá, quitáme esta mancha ya. !Movéte! jueputa ¡Ahh! -Luego Manotea.
Lo que estaba casi listo ahora era un caos, preciso esta noche, noche de campeonato. Sonríe de nuevo frente al espejo, ese diente nada que resplandece. Sale del baño, empuña sus manos con fuerza, cierra los ojos un instante, camina hacia la puerta y parte. Y ahí queda Mariela de rodillas, limpiándose la sangre que brota de su nariz y de su boca, con un pedazo del papel higiénico usado que se encontró en el piso del baño.

Él es el rey de las calles del Policarpa, él es Dagoberto Mosquera y nació para ser famoso. Oriundo de Jamundí, llegó a Bogotá a los 17 años, pasó penurias, hambres y fueron sus golpes los que le dieron fortuna. Tanta que fue conocido por todos como "Black Flash".
Respetado y admirado por el barrio de la lucha libre, "El Chonto", como ahora le dicen, saluda a quienes lo reconocen. Luego de caminar unas cuadras, se encuentra con sus amigos, algunos le ofrecen marihuana, otros trago, pero Dagoberto no recibe nada, "después", dice. Hoy es un día especial y no quiere llegar tarde. Así, todos se dirigen al palacio "El Madrugón", para ver al campeón actual, "La Sombra del Ecuador", amigo del Chonto, quien defiende su cinturón y su contrato en Bogotá, ya que de perder se debe devolver al Ecuador, a Cotacachi, de donde llegó. Sin hacer fila, entra el negro Mosquera, con su reluciente traje blanco al coliseo. Mas saludos y reconocimientos, levanta sus brazos y se sienta, ahora sólo espera que empiecen los combates.

El chonto se emociona al ver a los niños felices persiguiendo a sus ídolos, emulándolos, y descansa en la certeza de que la lucha libre nunca se acabará. Respira profundo. El Mariachi Abacabab ameniza el espectáculo. Pero hoy hay más gente de lo acostumbrado.

-¿Quiénes son esos que gritan a los mariachis que no más? -Pregunta Dagoberto.
-Todos con cámaras, pidiendo autógrafos, se creen de turismo, le quitan gracia a la noche. - Dice uno de sus amigos.

-Si, burlas y gritos y caras de ¿qué hago yo aquí? Quiénes son esas viejas que ni siquiera están buenas. -Dice el Chonto y todos rien.
Los mariachis terminan con el "aunque mal paguen ellas" y suena el Himno Nacional. La primera pelea es un fraude, "El Bronco" y el "Black Dragón", se enfrentan como si fueran un par de niños que juegan a golpearse y fingen recibir y dar golpes. "Torpes", piensa "El Chonto" al ver una llave inglesa bien patética. El público abuchea y se ríe. "Un entremés", se dice.

La emoción va en aumento, los puños y caídas resuenan en el coliseo. El público se emociona, los amigos se cogen las cabezas, algunos se comen las uñas, los niños brincan con preocupación. Mientras tanto "El Chonto" piensa en las nuevas técnicas. La lucha libre es un rito. Es tener al ídolo cerca. La integración con el público es directa, insultos van y vienen, se toman fotos, se firman autógrafos. De eso vive un luchador, de que lo amen, de que lo odien.

Al final, "El Chonto" se levanta feliz, por la victoria de su amigo "La Sombra del Ecuador" sobre "El Misil", y le tranquiliza no tener que madrugar al terminal, para despedir al campeón. Sólo quedaba celebrar por la noche de campeonato. En la tienda "El Chonto" se puso nostálgico. Nunca se la pudieron quitar, y ahora su máscara reposa en la puntilla de la pared de la sala. "El mejor", piensa, "fuí el mejor".

Al llegar en la madrugada, prende todas las luces, con mucho cuidado se quita su vestido blanco, le pone el forro de la lavandería para que las polillas no se lo coman, y lo cuelga. Despierta a Mariela, le grita, la sacude, y ella sangra, sangra porque ahora los golpes del campeón son reales y lo peor, es que dejan huellas y manchas por todas partes.